27 julio, 2018

Alí Babá y los cuarenta ladrones

Recuerdo, ¡oh rey afortunado!, que, en tiempos muy lejanos, en una ciudad entre las ciudades de Persia, vivían dos hermanos; uno se llamaba Kasín y el otro Alí Babá. Cuando el padre de Kasín y de Alí Babá murió, los dos hermanos se repartieron lo que les dejó en herencia, tardando poco en consumirlo y encontrándose, de la noche a la mañana, con las caras largas y sin pan ni queso. El mayor, que era Kasín, temiendo morir de hambre, no tardó en casarse con una joven que tenía plata. De esta manera, además de una esposa, el joven tuvo una tienda en el centro del mercado. Tal era su destino y así se cumplió. En cuanto al segundo, que era Alí Babá, como no era ambicioso, se hizo leñador, ahorró algún dinero y lo empleó en comprar un asno, después otro y más tarde un tercero. Todos los días los llevaba al bosque y los cargaba con la leña que antes él mismo había traído sobre sus espaldas.

Siendo propietario de tres asnos, Alí Babá inspiraba confianza a las gentes de su oficio, todos pobres leñadores, y uno de ellos le ofreció a su hija en matrimonio. Alí Babá tuvo de su esposa dos hijos y todos vivían modestamente del producto de la venta de leña. Un día en que Alí Babá estaba en el bosque ocupado en abatir a hachazos un árbol, el destino decidió modificar su vida. Primero se oyó un ruido lejano que se aproximaba rápidamente. Alí Babá, que detestaba las aventuras y las complicaciones, se asustó al encontrarse solo con sus tres asnos en medio de aquella soledad. Trepó sin tardanza a la copa de un árbol que se elevaba en la cima de un pequeño monte desde el que se dominaba todo el bosque. Así, oculto entre las ramas, pudo observar qué era lo que producía aquel estruendo. ¡Y bien que lo hizo! Una tropa de caballeros, armados hasta los dientes, avanzaba al galope hacia donde él se encontraba. Al ver sus semblantes sombríos y sus barbas negras que los hacían semejantes a cuervos, no dudó que eran bandoleros, salteadores de caminos de la peor especie. Girando estuvieron por unos momentos los bandidos al pie del monte rocoso donde Alí Babá estaba escondido; a una señal de su jefe echaron pie a tierra, ataron sus caballos a los árboles y recogieron las alforjas cargándolas sobre sus espaldas. Tan pesadas eran que los bandidos caminaban encorvados bajo su peso. Uno detrás de otro pasó bajo Alí Babá, que así pudo fácilmente contarlos y ver que eran cuarenta, ni uno más ni uno menos.

Cuando llegaron ante una gran roca que había al pie del monte, todos se detuvieron. El jefe, que era el que iba a la cabeza, se paró frente a la roca y con voz retumbante exclamó: –¡Ábrete, sésamo! –. Al momento la roca se entreabrió, el jefe se apartó un poco para dejar pasar a sus hombres y cuando hubieron entrado todos él mismo entró y exclamó con voz autoritaria: –¡Ciérrate, sésamo! –. La roca volvió a su sitio y Alí Babá se cuidó mucho de hacer el menor movimiento, a pesar de la inquietud que sentía por el paradero de sus asnos abandonados en medio del bosque. Los cuarenta ladrones reaparecieron luego de oírse un ruido subterráneo, parecido a un terremoto lejano. Cada uno de ellos –con las alforjas vacías en la mano– se dirigió a su caballo, colocó las alforjas en la grupa y montó sobre su silla. Antes de partir, el jefe se volvió hacia la entrada de la caverna, y, en voz alta, pronunció la fórmula: –¡Ciérrate, sésamo! –. Y las dos mitades de la roca se juntaron. Los bandoleros con sus semblantes sombríos y sus barbas negras marcharon por el mismo camino por el que habían venido. En cuanto a Alí Babá, la prudencia hizo que permaneciese algún tiempo en su escondite, a pesar del deseo que sentía de ir a recuperar sus asnos, diciéndose: –Estos terribles bandoleros pueden haber olvidado alguna cosa en su cueva, volver de improviso sobre sus pasos y sorprenderme aquí–. Los siguió con la mirada hasta que se perdieron de vista y recién entonces decidió bajar del árbol con mil precauciones. Una vez en el suelo, avanzó hacia la roca, reteniendo la respiración y de puntillas. Una enorme curiosidad lo empujaba. El leñador inspeccionó la roca de arriba abajo y encontrándola lisa y sin ranura alguna por la que pudiese meter una aguja, se dijo: –¡Sin embargo, por aquí he visto con mis propios ojos desaparecer a los cuarenta ladrones! Después, olvidando sus temores, Alí Babá dijo: –¡Ábrete, sésamo! –. A pesar de que pronunció las palabras mágicas con voz insegura, la roca se abrió. Alí Babá vio una gran galería que conducía a una sala y que recibía luz por medio de aberturas practicadas en lo más alto. A lo largo de los muros vio fardos de seda y brocado, grandes cofres cargados hasta los bordes de monedas y lingotes de plata y de dinares de oro. El suelo estaba hasta tal punto cubierto de vasijas llenas de oro y joyas, que el pie no sabía dónde posarse, temeroso de estropear algún valioso objeto. Cuando se recuperó en parte de su asombro, el leñador se dijo: –¡Por Alah! Alí Babá, de repente aprendes fórmulas mágicas y haces abrir puertas de piedra que dan acceso a cavernas cargadas de riquezas acumuladas en el lugar por generaciones de ladrones. De ahora en adelante, podrás hacer que el oro del robo proteja a tu familia de necesidades y privaciones.

Habiendo tranquilizado de este modo su conciencia, Alí Babá buscó por allí varios sacos y los llenó de dinares y otras monedas de oro. Cargándolos uno a uno sobre sus espaldas, los llevó hasta la entrada de la caverna y, dejándolos en el suelo, se dirigió a la salida. Allí dijo: –¡Ábrete, sésamo! –. Alí Babá corrió a buscar sus asnos y los cargó con los sacos, que tuvo buen cuidado de ocultar con haces de leña encima, y cuando acabó su trabajo pronunció la fórmula de cierre, se colocó ante sus asnos cargados de oro y los animó a echar a andar hasta llegar a su casa. –¡Oh, marido! ¿Qué es lo que traes en esos sacos tan pesados? –exclamó la esposa de Alí al verlo–. Alí Babá respondió: –¡Oh, mujer! ¡Ayúdame a esconderlos! –. La esposa del leñador, dominando su curiosidad, le ayudó a llevarlos, uno tras otro, al interior de la casa. Luego, no pudo contenerse más y vació uno de los sacos sobre la tierra. Sonoras carcajadas de oro iluminaron con millones de reflejos la pobre habitación del leñador que aprovechó el momento de espanto de su mujer para contarle su aventura desde el comienzo hasta el fin. Cuando la esposa escuchó el relato sintió en su corazón una gran alegría y al instante comenzó a contar los dinares. Alí Babá, riéndose, le dijo: –¿Qué haces? ¡Ayúdame a cavar una fosa en nuestra cocina para que este tesoro quede oculto sin dejar rastro–! La mujer respondió: –No puedo permitir que entierres este oro sin antes haberlo pesado o medido. Te suplico, permíteme ir a buscar una medida y lo mediré en tanto que tú cavas la fosa. –¡Sea! –respondió el leñador–, pero ¡guárdate mucho de divulgar nuestro secreto! La esposa de Alí Babá salió a pedir una medida a la esposa de Kasín, el hermano de su marido, cuya casa no estaba muy lejos. Entró, pues, en la casa de la parienta rica que nunca invitaba a comer a su casa al pobre Alí Babá y que nunca había enviado la más pequeña golosina a sus hijos, como hacen las gentes muy ricas para regalar a los hijos de la gente muy pobre.

Después de los saludos, le pidió prestada una medida. Cuando la esposa de Kasín oyó la palabra medida se sorprendió mucho ya que sabía que Alí Babá y su mujer eran muy pobres y no podía comprender para qué necesitarían aquel utensilio. Con gran curiosidad le dijo: –¿La medida la quieres grande o pequeña? –. La esposa del leñador respondió: –La más grande que tengas. La esposa de Kasín fue a buscar la medida. Pero queriendo saber qué clase de grano iban a medir en ella, echó una capa de sebo sobre el fondo y las paredes. Después, se la entregó a su parienta. La mujer de Alí Babá regresó a su casa. Una vez en ella, puso la medida sobre el montón de oro y después de llenarla la vació un poco más lejos, repitiendo esta operación muchas veces y marcando sobre el muro con un trozo de carbón tantas rayas como veces la llenaba y vaciaba. Alí Babá, por su parte, terminó de cavar la fosa en la cocina y regresó junto a su esposa que le mostró las numerosas rayas de carbón y le encomendó el trabajo de enterrar todo el oro mientras ella iba a devolver la medida. La infeliz no sabía que un dinar de oro estaba pegado al sebo en el fondo de la medida. En cuanto la esposa de Kasín descubrió la pieza de oro pegada al sebo en lugar de algún grano de haba o avena, se puso pálida de envidia. Se sentía tan furiosa que envió rápidamente a una esclava a buscar a su esposo a la tienda. Cuando el sorprendido Kasín entró en la casa, la mujer puso el dinar ante sus narices y gritó: –¿Lo ves? ¡Pues no es más que lo que les sobra a esos miserables! ¡Tú te crees rico por tener una tienda mientras que tu hermano no tiene más que tres asnos! ¡Desengáñate, Alí Babá no se contenta con contar su oro, tiene tanto que lo mide como si fuese grano! Al momento Kasín corrió a casa de su hermano y encontró a Alí Babá todavía con el pico en la mano, terminando de enterrar su tesoro y le dijo: –¡Es así como aparentas pobreza para después en tu vivienda piojosa medir el oro como si fueran granos! –. Alí Babá se turbó al oír estas palabras y respondió: –¡Alah es generoso, hermano mío! –. Y le contó su historia del bosque. Kasín salió bruscamente resuelto a apoderarse de todo el tesoro de la cueva. A la mañana siguiente, antes que amaneciese, partió hacia el bosque llevando diez mulas. Siguió al pie de la letra las indicaciones de Alí Babá. Al exclamar: –¡Ábrete, sésamo! –, la roca se abrió y Kasín penetró en la caverna, cuya entrada se cerró tras él gracias a la fórmula mágica. Su asombro no tuvo límites a la vista de tantas riquezas y se dijo que para la próxima vez organizaría una verdadera expedición, contentándose esta vez con llenar de oro tantos sacos como pudiese cargar sobre las diez mulas. Una vez que acabó aquel trabajo, regresó a la galería y dijo: –¡Ábrete, cebada! –. Kasín, turbado por su codicia y estando ocupada su cabeza en sacar los tesoros, había olvidado las palabras que debía decir y la roca permaneció cerrada. Entonces dijo: –¡Ábrete, haba! –, pero la puerta no se abrió, por lo que dijo todos los nombres de cereales y granos que crecen sobre la superficie de los campos: –¡Ábrete, avena! –; mas tampoco se abrió hendidura alguna. Kasín gritó: –¡Ábrete, centeno! –. ¡Ábrete, mijo! –. –¡Ábrete, trigo! –. –¡Ábrete, arroz! –. La puerta de piedra permaneció cerrada. Kasín sólo olvidó un grano, el misterioso sésamo, que era el único que estaba dotado de poderes mágicos. Cuando los cuarenta ladrones regresaron a su cueva, vieron que diez mulas cargadas con grandes cofres estaban atadas a los árboles. El jefe se decidió a entrar en la cueva y levantando su sable ante la puerta invisible, pronunció la fórmula mágica. Al momento la roca se abrió. Kasín se había escondido en un rincón. Cuando oyó pronunciar la palabra sésamo maldijo su mala memoria y, apenas vio que la puerta se entreabría, se lanzó hacia fuera con tan poca prudencia que chocó contra el jefe de los cuarenta ladrones. Los bandidos se abalanzaron sobre Kasín y con sus sables lo descuartizaron en un abrir y cerrar de ojos. La esposa de Kasín, mientras tanto, vio que la noche llegaba y se alarmó porque su marido no regresaba. Entonces, decidió a ir a buscar a Alí Babá: –¡Oh, hermano de mi esposo! Kasín ha ido al bosque y todavía no ha vuelto a pesar de lo avanzado de la noche–. Alí Babá se alarmó también, pero tranquilizó a la mujer de su hermano, sabiendo que cualquier búsqueda sería inútil en la noche sombría. Con las primeras luces de la mañana, el leñador abandonó su casa seguido de sus tres asnos. Al aproximarse a la roca con voz temblorosa pronunció las palabras mágicas y entró en la caverna. El espectáculo de los miembros descuartizados de Kasín lo hizo caer, llorando, de rodillas. Recogió de la caverna dos grandes sacos, metió en ellos el cuerpo y, poniéndolos sobre uno de sus asnos, los recubrió cuidadosamente con ramas. Luego, ordenó a la puerta que se cerrase y tomó el camino de la ciudad, entristecido por la muerte de su hermano. Al llegar a su casa, llamó a su esclava Morgana para que le ayudase a descargar los sacos. Aquella esclava era una joven a la que Alí Babá y su esposa habían recogido de pequeña y criado como si fuese una hija. La joven era agradable, educada e inteligente para resolver cuestiones difíciles. Alí Babá le contó el fin de su hermano, añadiendo: –Su cuerpo está sobre el tercer asno. Es preciso que encuentres algún medio para hacerlo enterrar como si hubiese muerto de muerte natural, sin que nadie pueda sospechar la verdad. El leñador, entonces, fue a dar la noticia a la esposa de Kasín quien comenzó a dar alaridos. Pero Alí Babá supo calmarla para no llamar la atención de los vecinos: –Si en medio de esta desgracia sin remedio que se abate sobre ti –le dijo–, hay alguna cosa capaz de consolarte, yo te ofrezco la mitad de los bienes que Alah me ha dado, pero debemos protegernos de los bandoleros guardando el secreto. Ella comprendió y evitó divulgar la muerte de su esposo. La joven Morgana, por su parte, no había perdido el tiempo. Había ido a la tienda del mercader de medicamentos y había comprado una especie de jarabe para enfermedades graves. El mercader preguntó quién estaba enfermo en la casa de su amo.

Morgana, suspirando, le había respondido: –¡Oh calamidad! El mal aqueja al hermano de mi amo, pero nadie conoce su enfermedad. Está inmóvil, ciego y sordo y su rostro tiene el color del azafrán. A la mañana siguiente, Morgana fue a ver al mismo vendedor de medicamentos y entre lágrimas y suspiros le pidió un remedio que sólo se da a los enfermos moribundos. Al mismo tiempo, comentó con las vecinas del barrio la grave enfermedad de Kasín, el hermano de su amo. Al amanecer, las gentes del barrio se despertaron oyendo gritos y lamentaciones y no dudaron en pensar que los parientes lloraban la muerte de Kasín. Pero Morgana no se detuvo en su plan, pensando: –No todo consiste en hacer pasar una muerte violenta por muerte natural; además hay un gran peligro: dejar que la gente se dé cuenta de que el difunto está cortado en seis pedazos–. Sin tardanza, corrió a casa de a un viejo zapatero remendón del lugar que no la conocía; le puso en la mano un dinar de oro y le dijo: –Tu trabajo me es necesario. ¡Levántate y ven conmigo para coser unos cueros! –. Tomó un pañuelo y le vendó los ojos, puso en la mano del zapatero una segunda pieza de oro diciéndole: –Es condición imprescindible que llegues a ciegas, sin poder reconocer el camino que recorres guiado por mi mano–. Y lo condujo a la casa de Alí Babá. Allí le quitó el pañuelo y mostrándole el cuerpo del difunto le dijo: –Cose esos seis trozos que ves allí–. El zapatero retrocedió espantado, pero Morgana le puso una nueva moneda de oro en la mano y le prometió otra más si hacía el trabajo rápidamente. Cuando el hombre concluyó la costura, Morgana le volvió a vendar los ojos, le entregó la recompensa prometida y lo condujo hasta la puerta de su tienda. Una vez que regresó, la muchacha tomó el cuerpo reconstruido de Kasín, lo perfumó con incienso y lo amortajó ayudada por Alí Babá. Después, lo recubrieron con telas adecuadas Y por medio de estas astucias, la verdad de aquella muerte quedaría oculta para siempre. En cuanto a los cuarenta ladrones, durante un mes se mantuvieron alejados de la cueva para evitar el olor de la putrefacción del cuerpo de Kasín. Pero el día que regresaron su asombro no tuvo límites al no encontrar los restos. El jefe dijo: –Hemos sido descubiertos. Es preciso que sin pérdida de tiempo matemos al cómplice del muerto. Alguien astuto y audaz debe ir a la ciudad y descubrir dónde habitaba el que hemos descuartizado–. Al momento, uno de los ladrones, exclamó: –Me ofrezco. El bandido entró en la ciudad; anduvo por uno y otro lado hasta que llegó a la tienda del zapatero. Saludó amablemente y expresó su admiración por el trabajo que el hombre realizaba. –A tu edad –le dijo– conservas la habilidad y la buena vista–. Muy halagado el zapatero respondió: –¡Oh, por Alah, todavía puedo enhebrar la aguja al primer intento y puedo coser los seis trozos de un muerto en el fondo de un sótano poco iluminado! –. El ladrón al oír estas palabras simuló asombro y exclamó: –¡Haz el favor de decirme dónde se levanta la casa en cuyo sótano cosiste los restos del muerto! El viejo remendón respondió: –¡Oh, sólo si me vendasen los ojos podría encontrar aquella casa guiándome por las cosas que palpé con mis manos a lo largo del camino! –. El ladrón exclamó: –¡No deseo más que seguir tus indicaciones para dar con la casa en la que suceden cosas tan prodigiosas! –. Y vendando los ojos del zapatero, fue conducido hasta la casa de Alí Babá, en cuya puerta se apresuró a hacer una señal con un trozo de tiza. Después, quitó la venda de los ojos del remendón, lo gratificó con varias piezas de oro y se apresuró a tomar el camino del bosque para anunciar a su jefe el descubrimiento que había hecho. Pero la joven Morgana regresaba esa tarde de comprar provisiones en el mercado y notó que sobre la puerta había una marca blanca. Corrió a buscar un trozo de tiza e hizo una señal exactamente igual en las puertas de todas las casas de la calle a derecha e izquierda. Cuando los malhechores entraron en la ciudad y se dirigieron a la casa señalada, se asombraron mucho al ver que todas las puertas de aquella calle tenían la misma señal. De inmediato regresaron a la cueva y el jefe dijo: –Me encargaré yo mismo–; y partió solo para la ciudad. Una vez allí, cuando el zapatero le hubo indicado la casa de Alí Babá, no perdió el tiempo marcando la puerta con tiza, sino que observó atentamente para fijar el lugar exacto en su memoria. Regresó al bosque y reuniendo a los treinta y nueve ladrones les dijo: –Traed aquí treinta y ocho grandes tinajas de barro, de vientre ancho, todas vacías, y una más que llenaréis con aceite de oliva. Cuidad de que ninguna esté rajada. Los ladrones estaban habituados a obedecer sin chistar. Regresaron rápidamente con dos tinajas atadas sobre cada caballo y el jefe dijo: –¡Despojaos de vuestras ropas y que cada uno se meta en una tinaja, llevando únicamente sus armas, su turbante y sus babuchas! –. Los ladrones saltaron sobre los caballos que portaban las tinajas y se dejaron caer en ellas. Quedaron dentro con las rodillas tocando las barbillas, igual que los pollos en el huevo a los veinte días.

Cada uno llevaba en la mano su cimitarra. El jefe cerró las bocas de los recipientes con fibra de palmera. Entonces, se disfrazó de mercader de aceite y se dirigió hacia la ciudad. Por la tarde, llegó ante la casa de Alí Babá que estaba sentado en el umbral tomando el fresco. –Soy mercader de aceite –dijo el jefe de los ladrones– y no sé dónde pasar la noche en una ciudad desconocida–. Alí Babá se acordó de los tiempos en que era pobre y le dijo: –Tú y tus bestias con la carga pueden descansar en el patio de mi casa–. Llamó a Morgana y le ordenó que ayudase al mercader. Luego, invitó a comer a su huésped. Después que hubieron comido y bebido, el jefe de los ladrones dijo: –Muéstrame el sitio de tu casa en el que pueda dar descanso a mis intestinos–. Alí Babá lo condujo al lugar indicado. Al quedar a solas, el hombre se acercó a las tinajas e inclinándose sobre cada una, dijo en voz baja: –Cuando oigas que unas piedrecitas golpean tu tinaja, sal y acude junto a mí–. Morgana lo esperaba en la puerta de la cocina con una lámpara de aceite en la mano para conducirlo a la habitación. Cuando la joven volvió a la cocina, fregando los platos y las cacerolas, se acabó el aceite de la lámpara. Tomó la vasija y fue al patio a llenarla en una de las tinajas. Se aproximó a la primera de ellas, la destapó y metió la vasija en la abertura, pero el cacharro, en lugar de sumergirse en aceite, chocó contra algo duro y oyó una voz. –¡Por Alah! ¡Este es el momento! –, dijo el bandido sacando la cabeza. –¡No, mozo, no!, –dijo Morgana–. Tu amo duerme todavía. Espera a que se despierte–. La muchacha, temblando por la sorpresa, lo había adivinado todo. Inspeccionó las demás tinajas y tanteando las cabezas contó otras treinta y ocho; cuando llegó a la última, la encontró llena de aceite, llenó la vasija y fue a encender su lámpara. De vuelta en la cocina, hizo hervir un gran cubo con aceite hirviendo y aproximándose a cada tinaja, la destapó y vertió de golpe el líquido caliente sobre las cabezas de los ladrones que al momento murieron abrasados. Morgana volvió a cubrir las bocas de las tinajas con la fibra de palmera, regresó a la cocina, apagó la lámpara y permaneció a oscuras. A medianoche, el mercader de aceite asomó la cabeza por la ventana que daba al patio y –no viendo ni oyendo nada– pensó que todos los de la casa dormían. Tal como había dicho a sus hombres, arrojó sobre las tinajas unas piedrecillas, pero nada sucedió. Pensando que sus hombres se habían dormido, arrojó más guijarros, pero no apareció cabeza alguna. El jefe de los bandidos se enojó mucho con sus hombres, a los que creía dormidos. Mas, cuando se acercó a las tinajas, debió retroceder por el espantoso olor a aceite quemado que exhalaban. El jefe de los ladrones comprendió de qué manera atroz habían perecido sus hombres y, dando un salto prodigioso, se trepó al muro intentando perderse en la oscuridad de la noche. Morgana, que había permanecido en las sombras, se abalanzó contra él como un gato salvaje y le clavó en el corazón un puñal que llevaba en su mano derecha. Alí Babá salió al patio y, en el colmo del espanto y la confusión, se lanzó hacia Morgana, que temblorosa por la emoción, limpiaba el puñal en sus vestiduras. Alí Babá creyó que la joven era víctima del delirio y de la locura, pero ella con voz tranquila dijo: –¡Oh amo! ¡Alabemos a Alah que ha dirigido el brazo de una débil joven para castigar al jefe de tus enemigos! Mientras hablaba, despojó de su manto al cuerpo y mostró bajo sus largas barbas al jefe de los bandidos. Alí Babá comprendió que debía su vida y la de su familia al coraje de la joven Morgana. La abrazó, con lágrimas en los ojos, y le dijo: –¡Oh Morgana, hija mía! Para que mi dicha sea completa, ¿quieres entrar definitivamente en mi familia como esposa de mi hijo?–. Morgana besó la mano de Alí Babá y respondió: –Acepto y obedezco. Los cuerpos de los ladrones se enterraron en secreto en una fosa del jardín y el matrimonio de Morgana con el hijo de Alí Babá se celebró sin tardanza en medio de gran alegría y regocijo. Al cabo de un año, Alí Babá decidió volver a la caverna en compañía de su hijo y de Morgana. La joven no dejó de observar que los arbustos y las grandes hierbas obstruían por completo el sendero que rodeaba la roca y que en el suelo no había rastro de pisadas humanas ni huellas de caballos. Dijo entonces: –Podemos entrar sin peligro–. Alí Babá pronunció la fórmula mágica: –¡Ábrete, sésamo! –. La roca dejó paso libre a Alí Babá, a su hijo y a la joven Morgana. El antiguo leñador comprobó que nada había cambiado desde su última visita al tesoro. Llenaron de oro y piedras preciosas tres sacos grandes que habían llevado con ellos y, volviendo sobre sus pasos, después de pronunciar la fórmula, salieron de la cueva.

 

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