30 julio, 2018

La Princesa que quería la luna

Yolanda, hija del más poderoso rey de Portugal, estuvo enferma por comer muchos dulces y los médicos le obligaron a guardar cama.
Yolanda tenía doce años y era la princesita más bella del mundo, y también la más mimada de su padre.
El rey acudió a la cámara de su hija y se inclinó sobre el lecho de la princesita Yolanda.
Pide, hijita mía, lo que quieras, que yo te haré feliz.
Gracias, padre mío –contestó la princesita-. Quiero la luna. Si tengo la luna, me pondré buena en el acto.
El monarca salió del aposento y convocó en la sala del trono a los diez hombres más sabios de la tierra. No tardaron éstos en llegar, precedidos de los pajes, y una vez inclinados ante el rey haciendo una profunda reverencia, el más viejo de los sabios, que era también el más famoso, avanzó y dijo:
¿En qué podemos serlo útil, Majestad?
Necesito que me consigáis la luna. Si consigo dársela a mi hija enferma, ella sanará de inmediato.
¿La luna? –repitió, asombrado, el sabio más anciano, mientras los otros nueve sabios se miraban perplejos.
¡Sí, la luna!-afirmó el rey-. ¡La luna! Id a buscarla esta noche, la quiero aquí mañana sin falta.
El sabio anciano se retiró unos pasos y consultó con sus compañeros, sosteniendo una animada discusión.

Después, enjuagándose la sudorosa frente y acariciándose la blanca barba, se dirigió de nuevo al rey:
La luna, Majestad, está a miles de kilómetros de Portugal. Además, está hecha de cobre fundido y no puede cogerse. Por lo tanto, y con la venia de Vuestra Majestad, debo deciros que no podemos conseguiros la luna.
¡Basta!-gritó el rey, molesto-. La princesa Yolanda quiere la luna para curarse, y yo no permitiré que se muera. Retírate de mi vista y, desde ahora, quedas despedido.
Todos los sabios se consultaron y no tuvieron más remedio que abandonar palacio, vencidos.
Luego se consultó a todos los hombre eminentes de Portugal, primero y después a los de otras naciones; y todos las cosas más maravillosas. Pero ninguno se atrevió a ofrecer la luna.
Mientras, la princesa Yolanda seguía en cama, esperando la noche con ansia, y entonces sus damas la acercaban al amplio ventanal del palacio. Y ella se quedaba allí absorta, contemplando el astro nocturno.
Nobles y vasallos, todos probaron conseguir la luna, no sólo por el premio ofrecido, sino porque querían mucho a la niña, y no deseaban verla nunca triste y enferma.
Un buen día se presentó a la audiencia real un avispado pajecillo llamado Martinejo. Toda la Corte rió al verle, pero él, decidido, hizo una graciosa reverencia al rey y le preguntó:
Vuestra Majestad perdonará mis palabras, pero antes de salir en busca de la luna desearía preguntaros: ¿qué piensa su Alteza de la luna?.
Ante estas palabras, el soberana levantó la cabeza, y todos los caballeros callaron.

¡En eso yo no había pensado! –confesó el rey.
Si Vuestra Majestad me lo permite, iré a preguntarlo yo mismo a la princesita Yolanda.
¡Ve sin pérdida de tiempo! –contestó el rey.
Y Martinejo, acompañado de un alto alabardero, se dirigió a la cámara de la princesita.
Esta estaba despierta y se alegró mucho al verle.
¿Me traes la luna? – preguntó al paje.
Todavía no, pero iré a buscarla enseguida, princesita mía. Decidme, ¿cómo creéis vos que es de grande la luna?
¡Oh, no muy grande! Es del tamaño de mi dedo pulgar.
¿Y a qué distancia creéis que se encuentra? –prosiguió Martinejo.
Pues no más alto que el álamo del jardín, ya que muchas noches veo que sus ramas la tocan…
¿De qué creéis que está hecha la luna, Alteza?
¡No seas tonto, paje! La luna esta hecha de brillantes, y por eso reluce tanto.
Esta misma noche tendréis la luna, princesa mía –aseguró Martinejo-. Subiré al árbol más alto del jardín real, y cuando quede enganchada en las ramas del álamo, os la traeré colgada de una cadena.
Y Martinejo salió corriendo donde el joyero real y le ordenó en nombre del rey que hiciese al instante una luna de oro, con un gran brillante engarzado, y la colgase de una cadenita también de oro.
– ¿Puede saberse qué es esta joya tan extraña? –replicó el orfebre.
– Es la luna.
– ¡Imposible! La Luna nadie puede cogerla.
– Eso es lo que vos y todos los sabios creen.
Aquella misma noche, la princesita Yolanda durmió tranquila, porque de su cuello colgaría la ansiada luna.
Pero el rey no estaba satisfecho, pues él sabía que la luna seguía en el firmamento y tenía miedo de que su hija se diese cuenta de ello.
Y volvió a convocar a todos los sabios para que hallasen una solución a este nuevo problema.
Ni los anteojos negros, ni las gruesas cortinas, ni el recurso de encerrarla todas las noches le convencía. Veía a su hija tan dichosa, que temía quitarle esta ilusión; y cuando ya se encontraba desesperado, se acordó del paje Martinejo, que ahora vivía en palacio, y le mandó llamar.
¿En qué puedo serviros, Majestad?
Lo que voy a pedirte es imposible.
También lo parecía la luna y ya veis que su Alteza es la más feliz de las princesas.
Es cierto, pero ahora es más difícil.
Decidme que os atormenta.
Termina ya la luna nueva y, dentro de pocos días, mi hija volverá a verla brillar y la deseará otra vez, porque sabrá que la que lleva colgada de su cuello no es la verdadera.
¡No temáis, mi rey y señor! La princesa Yolanda es más sabia que todos los sabios del reino. Ella encontrará la solución. ¿Me permitís que vaya a preguntarle?.
¡Ve en seguida! –le ordenó el rey esperanzado.
Martinejo encontró a la princesa recostada en unos almohadones, mirando con sus grandes ojos cómo la luna iniciaba su ascensión en un cielo límpido y puro cono nunca. Brillando, en su mano, estaba la luna que el paje le consiguiera.
Decidme, princesa mía –empezó el paje con una rodilla en el piso-: ¿cómo es posible que la luna suba por el cielo, si vos la tenéis ahora en vuestra mano?.
Eso que me preguntas es muy sencillo, tonto. Cuando yo pierdo un diente, ¿no me nace otro nuevo en el mismo sitio?
¡Así es!
Pues así también es la luna.


Debí haber pensado en ello –aseguró el paje.
Los ojos de la linda princesita volvieron a mirar la reluciente luna que brillaba en el cielo y así fue quedándose plácidamente dormida.
De puntillas, Martinejo salió del aposento para dar la nueva al rey.
El soberano saltó loco de alegría.
Entre tanto, la luna seguía su avance por el cielo, ignorando que a su nombre se había logrado hacer feliz a una linda criatura terrenal.

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