27 julio, 2018

Simbad el Marino

He llegado a saber, oh rey afortunado, que en tiempos del califa Harún Al-Rachid vivía en la ciudad de Bagdad un hombre llamado Simbad el Faquín. Era pobre y para ganarse la vida transportaba pesados bultos sobre su cabeza de un punto a otro de la ciudad. Un día de calor excesivo pasó por delante de la puerta de una casa que debía pertenecer a algún mercader rico; soplaba allí una brisa gratísima y cerca de la puerta se veía un banco para sentarse. Al verlo, el faquín Simbad dejó su carga y se sentó. Entonces no pudo menos que suspirar y exclamar: “¡Gloria a Ti, oh Alah! Por la mañana, yo, Simbad el Faquín, me levanto agotado del trabajo del día anterior; el propietario de esta mansión, en cambio, disfruta de sus guisos y se rodea de sonidos y aromas delicados. ¡Oh, Alah, quiero creer que gobiernas con sabiduría!” Simbad el Faquín se dispuso a recoger su fardo para marcharse. Pero salió por la puerta un joven sirviente que le tomó la mano y dijo: –Mi señor ha escuchado tus lamentaciones y te manda llamar. Sígueme. Simbad se dejó llevar, avergonzado y cabizbajo. El señor de la casa le ofreció los mejores manjares y le dijo: –He sabido que te llamas igual que yo, porque mi nombre es Simbad el Marino. Este bienestar que ves en mi vejez ha sido adquirido después de grandes fatigas. Te contaré la historia de mi vida. “Has de saber que mi padre fue un rico comerciante. Cuando murió yo era muy joven. Me hice hacer costosos vestidos, me rodeé de servidores e invité a grandes banquetes hasta que un día descubrí que me encontraba a las puertas de la pobreza. Vendí todo lo que me quedaba y adquirí mercancías para salir a comerciarlas. Me embarqué junto con otros y navegamos por el río Basora hasta salir al mar y alejarnos de las costas de la patria.

Navegamos durante días y noches, de mar en mar, de isla en isla, de tierra en tierra y de puerto en puerto. Allí por donde pasábamos, vendíamos y comprábamos obteniendo provecho de nuestro trabajo.

Un día llegamos a una pequeña isla que parecía un jardín. El capitán mandó echar anclas y los comerciantes que íbamos a bordo desembarcamos. Unos decidieron descansar, otros recorrer el lugar y algunos encendieron lumbre para preparar alimentos. De repente, tembló la isla toda con una ruda sacudida. El capitán, que permanecía en la orilla, empezó a dar grandes voces: –¡Alerta, pasajeros! Esta no es una isla sino un pez gigantesco dormido en medio del mar. La arena se le ha ido amontonando y sobre ella ha crecido el musgo y los árboles. Vuestras hogueras lo han despertado.

¡Abandonad vuestras cosas y salvad vuestras vidas! Los pasajeros, aterrados, echaron a correr hacia el navío. Algunos pudieron alcanzarlo, otros no lo lograron porque el enorme pez se había puesto ya en movimiento. Yo me vi de pronto rodeado por las olas tumultuosas que se cerraban sobre los lomos del monstruo. Me aferré a un tronco mientras veía alejarse al navío con aquellos que habían logrado alcanzarlo, ¡que Alah los perdone! Me senté sobre el tronco y remé con brazos y piernas a favor del viento. Así pasé un día y dos noches hasta que el viento y las olas me arrastraron a las orillas de una isla. Allí quedé sumido en un sueño profundo hasta que el ardor del sol logró despertarme. Me arrastré hasta una llanura cercana; bebí agua dulce y comencé a alimentarme con los frutos caídos de los árboles. Poco a poco, recobré mis fuerzas. Pasó cierto tiempo, y empezaba a estar harto de tanta soledad. Solía recorrer la orilla del mar a la espera de algún navío que pudiera recogerme. Una mañana, ascendí a una punta rocosa para observar el horizonte y, desde allí, descubrí una vela entre las olas. Desgajé una rama e hice señas con ella lanzando al viento grandes alaridos. Finalmente me vieron y se acercaron a la costa para socorrerme. En la nave, me ofrecieron alimentos y ropas para cubrir mi desnudez y me sentí invadido por un gran bienestar. Al día siguiente, conté mi historia y el capitán se compadeció mucho de mis penas. –Quisiera serte útil, –me dijo–. Has de saber que llevamos navegando y comerciando muchísimo tiempo. Ahora nos dirigimos a un puerto cercano. Para que no tengas que llegar a tu tierra en tan miserable estado, mi deseo es entregarte los fardos de un mercader que embarcó con nosotros en Basora pero que ha perecido ahogado. Encárgate de vender las mercancías y yo te daré una retribución por tu trabajo; después te dirigirás a Bagdad, preguntarás por la familia del ahogado y les harás llegar el importe de lo que vendas más las mercancías sobrantes. Al oír estas palabras, miré atentamente al capitán y lleno de emoción pregunté: –¿Y cómo se llamaba ese mercader, capitán? Él me contestó: –¡Simbad el Marino!

Grité entonces con toda mi voz: –¡Yo soy Simbad el Marino! Luego añadí: –Cuando se puso en movimiento el enorme pez a causa del fuego que encendieron en su lomo, yo fui de los que no pudieron ganar tu navío y cayeron al agua. Pero me salvé gracias a un tronco de madera sobre el que me puse a horcajadas hasta alcanzar la costa. Al escucharme, el capitán exclamó: –¡No hay más poder que en Alah, el Altísimo! –. El capitán me entregó los fardos. Después seguimos navegando hasta llegar al puerto, vendí allí mis mercancías y regresé a Bagdad, donde volví a ver a mi familia y a mis amigos. Inicié una nueva vida comiendo manjares admirables y bebiendo bebidas preciosas y olvidé las penurias pasadas y los peligros sufridos. Pero mañana, si Alah quiere, les contaré, ¡oh invitados míos!, el segundo de los viajes que emprendí.”

 

Y Simbad el Marino se encaró con Simbad el Faquín y le rogó que cenase con él. Luego, hizo que le entregaran mil monedas de oro y antes de despedirlo lo invitó a volver al día siguiente. La segunda noche habló Simbad en estos términos a su convidado: “Verdaderamente yo vivía la más dulce de las vidas, cuando un día asaltó mi espíritu el deseo de recorrer otros mares, de conocer otras islas y otros hombres. Fui pues al zoco y compré las mercancías que pretendía exportar. Busqué luego un navío hermoso y nuevo, provisto de velas de buena calidad y transporté a él mis fardos.

Navegamos durante días y noches, de mar en mar, de isla en isla, de tierra en tierra y de puerto en puerto. Allí por donde pasábamos, vendíamos y comprábamos obteniendo provecho de nuestro trabajo.

Un día, Alah nos condujo hasta una isla con multitud de árboles de deliciosos frutos y flores olorosas, pájaros cantores y arroyos cristalinos. Yo fui a sentarme a orillas de un arroyo. Me tendí en el césped y dejé que se apoderara de mí el sueño, en medio de la frescura y los aromas del ambiente. Dormí durante muchas horas, tantas que cuando desperté, no encontré a nadie. Me puse a llorar preso de un terror profundo. Desesperado, recorrí la isla en todas direcciones sin poder encontrar huellas humanas. Trepé a un árbol altísimo y, al mirar atentamente, descubrí a lo lejos algo blanco e inmenso. Bajé del árbol y avancé con mucha cautela hacia aquel sitio. Cuando estuve más cerca, advertí que era una inmensa cúpula de blancura resplandeciente, pero no descubrí la puerta de entrada. Mientras reflexionaba, advertí que de pronto desaparecía el sol y el día se tornaba en una noche negra. Alcé la cabeza para mirar las nubes y vi un pájaro enorme, de alas formidables, que volaba tapando el sol y oscureciendo la isla. Recordé entonces con terror lo que contaban algunos viajeros: que en las islas del sur vivía un pájaro gigantesco de alas descomunales, llamado Roc, que en su vuelo tapaba el sol y que alimentaba a sus polluelos con elefantes. ¡La cúpula blanca era uno de los huevos que empollaba aquel Roc! El pájaro descendió sobre el huevo, extendió sobre él sus alas inmensas, dejó descansando a ambos lados sus dos patas en tierra y se durmió. Yo quedé debajo de una de sus patas, que parecía más gruesa que el tronco de un árbol añoso. Tomé una decisión: me quité el turbante, lo trencé como una cuerda y me até con ella a la inmensa pata del pájaro Roc. Me dije que no podría sobrevivir en la isla pero que el Roc en su vuelo tal vez me condujera a parajes civilizados.

Al amanecer, el Roc se irguió, lanzó un grito horroroso y se elevó por los aires conmigo colgado de su pata. Atravesó el mar volando por encima de las nubes y después de mucho rato empezó a descender hasta posarse en tierra. Me apresuré a desatarme, pero el pájaro no descubrió mi presencia, como si se tratara de alguna mosca o de una hormiga que por allí pasase. El Roc se precipitó a cazar un animal inmenso y se elevó con él entre sus garras nuevamente en dirección al mar. Me dispuse entonces a reconocer el lugar.

Observé que todo el suelo estaba cubierto de diamantes de gran tamaño. Pero vi también que en todas direcciones se desplazaban serpientes gruesas como palmeras y supe que me hallaba al borde de la muerte. Sentí gran pánico y corrí hacia una cueva para salvar mi vida. Entré y cuando me habitué a la oscuridad advertí que lo que a primera vista tomé por una enorme roca negra era una serpiente enroscada sobre sus huevos. Sentí entonces en mi carne el horror de semejante espectáculo. La piel se me encogió como una hoja seca, temblé de terror y caí al suelo sin conocimiento. Así permanecí hasta la mañana. Cuando desperté, y pude convencerme de que no había sido devorado todavía, tuve suficiente aliento para deslizarme hasta la entrada y lanzarme fuera, tambaleándome como un borracho a causa del sueño, del hambre y del terror. Mientras deambulaba, cayó a mis pies desde las alturas el esqueleto de un buey sacrificado. Los restos de carne estaban frescos y sanguinolentos. Alcé los ojos, pero no vi a nadie. Recordé en ese momento lo que se contaba de los buscadores de diamantes: como los buscadores no podían bajar al valle de las serpientes, mataban bueyes o carneros, los desollaban y arrojaban las carcasas a los precipicios, donde iban a caer sobre los diamantes que se incrustaban en ellas profundamente. Entonces llegaban unas enormes águilas para llevarse a sus nidos los restos de los animales como alimento de sus crías. Los buscadores de diamantes se precipitaban sobre ellas lanzando grandes gritos para obligarlas a soltar su presa. Recogían los diamantes adheridos a la carne fresca, abandonaban la res para alimento de las águilas y regresaban a su país.

Me asaltó la idea de que podía tratar aún de salvar mi vida y salir de aquel valle. Me incorporé y comencé a amontonar una gran cantidad de diamantes, abarroté con ellos mis bolsillos, me los introduje entre el traje y la camisa, llené mi calzón y los pliegues de mi ropa. Tras de lo cual, desenrollé la tela de mi turbante, como la primera vez… Luego me introduje en el costillar del buey me até bien fuerte con el turbante a los cuartos traseros y esperé.

A mediodía, un águila de gran tamaño se precipitó sobre la presa, la aferró y la elevó por los aires conmigo escondido en su interior. Noté luego que se posaba en su nido y que empezaba a desgarrarla con grandes picotazos que amenazaban con desgarrar mi propia carne. De pronto, se escuchó un griterío y el sonido de tambores que asustaron al ave y la obligaron a emprender nuevamente el vuelo. Un grupo de hombres se acercó. Desaté mis ligaduras y salí de la res. Estaba cubierto de sangre de pies a cabeza por lo que mi aspecto debía resultar espantoso. Los hombres se alejaron, pero yo grité: –¡No temáis! Soy un hombre de bien. El propietario del buey se inclinó sobre la carne y la escudriñó sin encontrar allí los diamantes que buscaba. Alzó sus brazos al cielo, diciendo: –¡Qué desilusión! ¡Estoy perdido! Al verlo, me acerqué a él que exclamó: –¿Quién eres? ¿Y de dónde vienes para robarme mi fortuna? Le respondí: –No temas nada porque no soy ladrón y tu fortuna en nada ha disminuido. Saqué en seguida de mi cinturón algunos hermosos ejemplares de diamantes y se los entregué diciéndole: –¡He aquí una ganancia que no habrías osado esperar en tu vida! El propietario del buey manifestó su alegría y me dio las gracias. Pasamos aquella noche en un lugar agradable y yo no cabía en mí de gozo por hallarme otra vez entre personas civilizadas. Decidí permanecer en compañía de aquellas gentes para viajar por nuevas tierras. Llegué con ellos a una gran isla donde descubrí a un portentoso animal que llaman rinoceronte; el rinoceronte pasta exactamente como pastan las vacas y los búfalos en nuestras praderas. Su cuerpo es mayor que el cuerpo del camello; al extremo del morro tiene un cuerno largo que le sirve para pelear y vencer al elefante, enganchándolo y teniéndolo en vilo hasta que muere. Pero de poco le sirve esa ventaja, ya que no puede desprenderse del cadáver, que empieza a derramar su grasa sobre los ojos del rinoceronte cegándole y haciéndole caer. Entonces el rinoceronte se tiende a morir hasta que llega el pájaro Roc y se lo lleva entre sus garras, junto con el cadáver del elefante ensartado en su cuerno. Así dispone Alah que se alimenten sus enormes polluelos. Viví algún tiempo en aquella isla y tuve ocasión de cambiar mis diamantes por más oro y plata de lo que podría contener un navío. ¡Después regresé a Basora, país de bendición, para ascender hasta Bagdad, morada de paz! Tras los saludos propios del retorno, no dejé de comportarme generosamente, repartiendo dádivas entre mis parientes y amigos, sin olvidar a nadie. Disfruté alegremente de la vida, comiendo manjares exquisitos y bebiendo licores delicados. Pero mañana, ¡oh mis amigos!, os contaré las peripecias de mi tercer viaje, el cual es mucho más interesante que los dos primeros.”

Luego calló Simbad. Los esclavos sirvieron de comer y de beber. Después, Simbad el Marino hizo que dieran cien monedas de oro a Simbad el Faquín, que las recibió dando las gracias y se marchó invocando sobre la cabeza de Simbad el Marino las bendiciones de Alah. Por la mañana se levantó el Faquín y volvió a casa del rico Simbad como él le había indicado. Simbad el Marino empezó su relato de la manera siguiente: “Sabed, ¡oh mis amigos!, que con la deliciosa vida que yo disfrutaba desde el regreso de mi segundo viaje, olvidé completamente los sinsabores sufridos y los peligros que corrí, aburriéndome de permanecer en Bagdad. Así es que mi alma deseó con ardor reemprender los viajes y el comercio. Adquirí ricas mercancías y partí de Bagdad para Basora. Allí me esperaba un gran navío y no bien me encontré a bordo, nos hicimos a la vela con la bendición de Alah para nosotros y para nuestra travesía.

Navegamos durante días y noches, de mar en mar, de isla en isla, de tierra en tierra y de puerto en puerto. Allí por donde pasábamos, vendíamos y comprábamos obteniendo provecho de nuestro trabajo.

Un día, estábamos en alta mar cuando de pronto vimos que el capitán del navío se golpeaba con fuerza el rostro y se arrancaba los pelos de la barba. Al verlo en ese estado, lo rodeamos preguntándole: –¿Qué pasa, capitán? Contestó: –Mi corazón tiene presentimientos de muerte. Estamos a merced de un viento contrario que nos ha desviado de la ruta. La tempestad está sobre nosotros. Por desgracia, no tardamos en ver que se cumplían los presentimientos del capitán. El viento azotó las velas, las olas cortaron las amarras y dañaron el timón. Impulsado por el viento, el navío se precipitó contra la costa y encalló. La mayoría de nosotros se apresuró a descender y permanecimos largo rato contemplando desde la playa los restos del navío. Los árboles frutales y el agua dulce que abundaban en el lugar nos permitieron recobrar un tanto nuestras fuerzas. Al amanecer, nos pareció ver entre los árboles un edificio muy grande y avanzamos hasta acercarnos a él. Descubrimos que era un palacio de mucha altura, rodeado por sólidas murallas con una gran puerta de ébano de dos hojas. Como esta puerta estaba abierta, la franqueamos y penetramos en una inmensa sala. Extenuados de fatiga y miedo, nos dejamos caer y nos dormimos profundamente. Ya se había puesto el sol, cuando nos sobresaltó un ruido estruendoso. Desde el techo, vimos descender ante nosotros a un ser con rostro humano, alto como una palmera, de horrible aspecto. Tenía los ojos rojos como dos tizones inflamados, dientes salientes como los colmillos de un cerdo, una boca enorme como el brocal de un pozo. Sus labios le colgaban sobre el pecho y sus oscuras manos tenían uñas ganchudas cual las garras del león.

A su vista, nos llenamos de terror. Él fue a sentarse contra la pared y desde allí comenzó a examinarnos en silencio uno a uno mientras encendía gran cantidad de leña en el hogar que había en aquella sala. Tras de ello, se adelantó hacia nosotros, fue derecho a mí, tendió la mano y me tomó de la nuca. Me dio vueltas, pero no debió encontrarme de su gusto porque me dejó, echándome a rodar por el suelo, y se apoderó del capitán del navío.

Eligió al capitán porque era un hombre robusto. Lo mató de un solo golpe, lo ensartó en un asador de hierro y lo asó como a un pollo dorándolo en las llamas de la hoguera. Concluida su comida, el espantoso gigante se tendió sobre el piso y no tardó en dormirse, roncando igual que un búfalo. Y permaneció dormido hasta la mañana. Lo vimos entonces levantarse y alejarse como había llegado. En cuanto se marchó, todos estallamos en llanto considerando la forma horrorosa en que moriríamos. Anochecía cuando la tierra volvió a temblar bajo nuestros pies y apareció nuevamente aquel ser gigantesco, que volvió a repetir las maniobras de la tarde anterior. Sin embargo, cuando después de haber dormido se alejó nuevamente, uno de los marineros dijo: – ¡Escuchadme compañeros! ¿No creéis que vale más matar a este gigante que dejar que nos devore? ¡Antes de matarlo, construyamos una balsa con las ramas que cubren la playa; aunque la balsa naufrague y nos ahoguemos, habremos evitado que el monstruo nos asesine! Todos exclamamos: –¡Por Alah! ¡Es una idea razonable! Al momento nos dirigimos a la playa y construimos la balsa, en la que tuvimos cuidado de poner algunas frutas y hierbas comestibles. Al anochecer, volvimos al palacio para esperar temblando al gigante. Todavía debimos observar sin un murmullo cómo ensartaba y asaba a uno de nuestros compañeros. Pero cuando se durmió y comenzó a roncar nos aprovechamos de su sueño. Escogimos dos de los inmensos asadores de hierro en los que ensartaba a sus víctimas y los calentamos en la hoguera hasta que estuvieron al rojo vivo; los empuñamos luego fuertemente por el extremo frío y –como eran muy pesados– llevamos cada uno entre varios. Nos acercamos a él y entre todos hundimos a la vez los asadores en ambos ojos del gigante dormido y apretamos con todas nuestras fuerzas para dejarlo ciego. Debió sentir un dolor terrible porque el grito que lanzó fue tan espantoso que nos hizo rodar por el suelo a gran distancia. Saltó él a ciegas y, aullando y corriendo en todos sentidos, intentó atrapar a alguno de nosotros. Pero habíamos tenido tiempo de tirarnos al suelo de bruces a su derecha y a su izquierda, de manera que a cada manotazo sólo encontraba el vacío. Acabó por dirigirse a tientas a la puerta y salió dando gritos espantosos. Nos lanzamos entonces a la balsa que habíamos construido y empezamos a remar con las ramas más fuertes. El gigante, adivinando nuestra presencia, empezó a arrojar hacia el mar inmensas rocas que levantaban altas olas al caer con estrépito en las aguas. La balsa se inclinó y algunos de los marineros cayeron al mar. Sólo tres de nosotros permanecimos a flote, a merced del viento y las olas, hasta que una brisa nos acercó a una isla y en ella descendimos. Junto con mis compañeros, nos alimentamos de hierbas y frutos durante algunos días, pero al poco tiempo una barca de pescadores que se acercó a las costas nos recogió y en ella llegamos a una ciudad de altos edificios cercana al mar. La llamaban la Ciudad de los Monos. Eran buena gente, pero la vida allí no era fácil pues los bosques que rodeaban la ciudad estaban habitados por multitud de monos que por las noches invadían en bandadas el lugar. Para salvar sus vidas, los habitantes debían descansar en sus barcas y regresar a sus casas al amanecer, cuando los monos volvían al bosque. Permanecimos pues durmiendo en la barca que nos había recogido. Un día, el dueño me dijo: –¿Eres pescador? ¿Tienes oficio? Le respondí que sólo sabía comprar y vender mercancías pero que había perdido todos mis bienes en un naufragio. Entonces, me entregó una bolsa y me dijo: –Toma esta bolsa, llénala de guijarros, ve con estos hombres y haz todo lo que ellos hacen. Conseguirás de ese modo dinero para pagar el pasaje que te lleve a tu patria. Hice lo que me indicó; salí de la ciudad con un grupo de hombres cada uno de los cuales llevaba al hombro una bolsa cargada de guijarros. Nos encaminamos a un valle de altísimas palmeras plagadas de monos. Los hombres empezaron a lanzarles las piedras que habían hasta allí habían llevado; yo hice lo mismo.

Los monos respondieron lanzándonos cocos. Con ellos, todos volvimos a llenar nuestras bolsas y regresamos a la ciudad. Ese fue mi trabajo durante muchos días, hasta que almacené gran cantidad de cocos y vendí otros tantos. Por fin, un día, agradecí al dueño de la barca todos los favores que me había dispensado y embarqué junto con mi gran cargamento de cocos en una nave que acertó a pasar por allí. En todas las islas donde nos deteníamos, cambiaba mi mercancía por otros productos. Obtuve primero canela y pimienta y cambié luego parte de estas especias por madera de China. En los mares perleros, entregué esa excelente madera y recibí a cambio muchas perlas de incalculable valor. Y Alah permitió que luego de navegar durante días y noches, de mar en mar, de isla en isla, de tierra en tierra y de puerto en puerto, llegara a Basora más enriquecido que nunca. Entonces, regresé a mi antigua vida en Bagdad.”

Como las otras noches, Simbad el Faquín recibió cien monedas de oro y marchó a su casa, donde descansó hasta la mañana siguiente. –Sabed, compañero y hermano mío, –dijo Simbad el Marino aquella mañana–, que no escarmenté fácilmente. Pretendí aprender de mis desventuras, pero, como los que te he contado, emprendí en total siete viajes. Mi nombre adquirió cierta fama entre los navegantes que acudían a consultarme cosas relativas al comercio, a los mares y a las islas. El califa llegó a escuchar mi historia y ordenó a los cronistas que la escribieran y la depositaran en la biblioteca del palacio para que sirviera de instrucción a quienes la leyeran. Estuve ausente de mi patria veintisiete años y sólo entonces me arrepentí ante Alah de mi manía viajera y le di gracias por haberme devuelto a mi familia y a mi patria. Y aquí tienes, Simbad el Faquín, la historia de mi vida.

El Faquín dijo: –¡Por Alah, hermano de nombre, no me reprendas por pensar que habías adquirido fácilmente tus riquezas! Simbad el Marino mandó poner el mantel y dio un festín que duró largas noches. Y después invitó a permanecer a su lado, como mayordomo de su casa, a Simbad el Faquín. Y ambos vivieron fraternalmente hasta que fue a visitarlos la que destruye las alegrías, la amarga muerte.

 

Please follow and like us:
Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!